
Las violencias contra las infancias: una responsabilidad que no puede quedar en el consultorio
Las violencias contra las infancias: una responsabilidad que no puede quedar en el consultorio
Hablar de las violencias contra las infancias exige preguntarnos no solamente qué les sucede a quienes las padecen, sino también qué hacemos como sociedad frente a ese sufrimiento.
Desde una perspectiva psicoanalítica, las violencias no pueden pensarse únicamente como acontecimientos que dejan síntomas. Es necesario considerar que ocurren en un tiempo de constitución psíquica, cuando el encuentro con los otros participa de la organización del psiquismo, de las posibilidades de simbolización y de la construcción de una relación consigo mismo y con el mundo.
Silvia Bleichmar, en Psicoanálisis extramuros. Puesta a prueba frente a lo traumático (2010), propone una reflexión sobre las posibilidades y los límites de la intervención psicoanalítica frente a situaciones traumáticas que exceden el encuadre tradicional del consultorio. Su trabajo permite pensar que, ante determinadas experiencias de sufrimiento, no alcanza con esperar a que alguien consulte: es necesario construir dispositivos de intervención allí donde las condiciones sociales producen desamparo y vulneran las posibilidades de elaboración psíquica.
Esta perspectiva resulta especialmente relevante cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes. Las infancias dependen de las personas adultas y de las instituciones para satisfacer necesidades materiales, recibir cuidados y contar con condiciones que les permitan crecer. Cuando esa trama protectora falla, o cuando quienes deberían cuidar ejercen violencia, no estamos frente a un problema que pueda resolverse exclusivamente mediante recursos individuales.
¿Qué efectos pueden producir las violencias en la constitución subjetiva?
Las consecuencias no son uniformes ni inevitables. Cada sujeto tramita las experiencias desde sus condiciones singulares y en relación con los recursos de los que dispone. Sin embargo, las violencias pueden comprometer procesos fundamentales:
● La confianza en los otros y en el mundo: cuando el cuidado se mezcla con el miedo, puede resultar difícil construir relaciones en las que la cercanía no implique amenaza.
● La posibilidad de simbolizar y elaborar lo vivido: las experiencias que desbordan los recursos psíquicos disponibles pueden persistir como angustia, manifestaciones corporales, inhibiciones, pesadillas o conductas que expresan un sufrimiento que todavía no encuentra palabras.
● La construcción de una imagen de sí: la humillación, el sometimiento y la descalificación pueden favorecer sentimientos de vergüenza, culpa e insuficiencia, incluso cuando la responsabilidad por la violencia corresponde enteramente a quien la ejerce.
● La apropiación de la palabra y del propio deseo: el silenciamiento, la intimidación y la imposición pueden obstaculizar la posibilidad de reconocer necesidades, expresar desacuerdo, poner límites y pedir ayuda.
● El juego, la curiosidad y el aprendizaje: cuando gran parte de los recursos psíquicos se destinan a afrontar el miedo o anticipar situaciones amenazantes, pueden verse comprometidas la atención, la exploración y la disponibilidad para aprender.
● La construcción de vínculos futuros: las experiencias de violencia pueden incidir en las maneras de confiar, tramitar los conflictos y reconocer los límites propios y ajenos. Esto no significa que exista un destino predeterminado ni que quienes padecieron violencia estén condenados a repetirla.
● La relación con el propio cuerpo y la intimidad: especialmente en las situaciones de violencia sexual, pueden producirse efectos sobre la imagen corporal, la sexualidad y la posibilidad de reconocer el propio consentimiento. Es necesario escuchar estas experiencias sin imponer sentidos ni anticipar consecuencias.
A la luz de los aportes de Susana Toporosi, resulta fundamental considerar que, ante situaciones de abuso sexual, las manifestaciones infantiles no siempre se presentan como un relato organizado de lo sucedido. El abordaje clínico requiere una escucha cuidadosa, que no fuerce la palabra ni responsabilice al niño por aquello que ha padecido.
No patologizar el sufrimiento ni adaptar a las infancias a la violencia Una perspectiva que articule el psicoanálisis con la dimensión social del padecimiento obliga a revisar nuestras propias intervenciones.
¿Qué hacemos cuando una niña se vuelve retraída, cuando un niño responde con agresividad, cuando aparecen dificultades escolares o cuando el cuerpo expresa aquello que no puede decirse?
Podemos limitarnos a describir una conducta, buscar un diagnóstico o intentar que esa infancia se adapte a las exigencias del entorno. Pero también podemos preguntarnos por las condiciones en las que ese sufrimiento se produce, por las relaciones de poder que lo sostienen y por la posibilidad de que una manifestación aparentemente individual esté expresando algo de la trama vincular, familiar, institucional o social.
Esto no significa atribuir automáticamente las dificultades infantiles a una situación de violencia. Significa evitar que la mirada clínica se cierre sobre el individuo y pierda de vista sus condiciones de existencia.
En este punto, la perspectiva de Eva Giberti permite insistir en que las violencias contra las infancias no pueden quedar reducidas a conflictos privados. Es necesario reconocer las relaciones de poder, las desigualdades y las responsabilidades adultas e institucionales que intervienen en su producción y en las posibilidades de detenerlas.
¿Qué significa intervenir desde una perspectiva *extramuros?
Implica reconocer que la práctica profesional no puede desentenderse de las condiciones materiales y sociales en las que se produce el sufrimiento.
Si una niña o un niño está expuesto a una situación de violencia, la escucha clínica puede ser necesaria, pero no siempre es suficiente. Es preciso articular con las instituciones responsables de su protección, garantizar condiciones de seguridad y construir respuestas que no dejen a la infancia sola frente a aquello que la excede.
También supone revisar las condiciones de acceso a la atención. ¿Qué sucede cuando las familias no pueden pagar un tratamiento? ¿Qué posibilidades existen cuando los servicios de protección están desbordados, cuando las instituciones no articulan entre sí o cuando las intervenciones se interrumpen por falta de recursos?
No alcanza con reconocer la importancia de la salud mental si no se garantizan las condiciones para ejercer el derecho a recibir atención. Tampoco alcanza con solicitar que las infancias hablen si, una vez que lo hacen, no encuentran personas e instituciones dispuestas a escuchar, proteger e intervenir.
El psicoanálisis extramuros invita, precisamente, a poner a prueba nuestras herramientas frente a situaciones que no se resuelven dentro de los límites habituales de la práctica. No implica abandonar la especificidad clínica, sino reconocer que la responsabilidad profesional puede exigir intervenciones que excedan el espacio individual.
Intervenir es también asumir una responsabilidad colectiva Las marcas de la violencia pueden ser profundas, pero no constituyen un destino irreversible. Las posibilidades de elaboración, la presencia de vínculos protectores, la restitución de derechos y el acceso a intervenciones oportunas pueden modificar los efectos de lo vivido y abrir otras posibilidades para la construcción subjetiva.
Por eso, atender las violencias contra las infancias no es solamente prevenir futuras patologías. Es defender el derecho de cada niña, niño y adolescente a crecer en condiciones que no comprometan su integridad, su autonomía y su posibilidad de construir una vida propia.
No podemos exigirles a las infancias que elaboren individualmente aquello que las personas adultas, las instituciones y la sociedad no hemos logrado detener.
Si el sufrimiento se produce en una trama de relaciones y condiciones sociales, su abordaje también requiere respuestas que involucren a esa trama. La escucha debe acompañarse de protección; la detección, de intervención; el reconocimiento del daño, de medidas concretas para interrumpirlo.
El desafío es no quedar capturados en la contemplación del sufrimiento ni en la impotencia frente a su magnitud. Se trata de construir respuestas capaces de alojar la singularidad de cada historia y, al mismo tiempo, transformar las condiciones que hacen posible la violencia.
Porque cuidar las infancias no es solamente una tarea clínica, familiar o institucional: es una responsabilidad ética y colectiva. Y porque una sociedad también se define por aquello que hace frente al sufrimiento de quienes dependen de ella para crecer.
Lic. Andrea Godoy
MP 55250
Bibliografía de referencia
● Bleichmar, S. (2010). Psicoanálisis extramuros. Puesta a prueba frente a lo traumático. Entreideas. Ficha y
contenidos del libro.
● Giberti, E. Los malos tratos y las violencias contra niñas y niños. Texto de referencia.
● Toporosi, S. (2018). En carne viva. Abuso sexual infantojuvenil. Topía.